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Recorran mis 25 lectores esta carta, y encontrarán gran cantidad de sorpresas. Y lo excepcional de esta carta son también los precios que se comparan muy favorablemente con aquellos de prácticamente todos los restaurantes de nuestra capital que he visitado. Tomar vino, todo mundo sabe, es complementar una buena comida con algo que favorece al gusto, a la salud, al bienestar físico y espiritual. Tomar vino con discreción y sobriedad, es un placer honesto, una costumbre sabia, que enriquece la cultura y permite disfrutar de una obra maestra del hombre, un producto maravilloso de la naturaleza, un don de los dioses. Los vinos mexicanos cuya calidad actual es realmente comparable con la de vinos de países de vinicultura más antigua (como los europeos), merecen ser un orgullo de México, y ocupar un lugar de honor en todas las mesas. Se ha probado que los sabores mexicanos combinan perfectamente con el vino, y que es absurda y sin base la creencia que van bien solamente con tequila o cerveza. Felizmente el consumo de vino está en aumento, así como la estima de que gozan los vinos nacionales. Ahora les toca a los restauranteros seguir el ejemplo de El Tajín, y pretender ganancias razonables de la venta de vinos. El vino debe, y puede, llegar a ser en México (como es en otros países) un producto noble pero de consumo cotidiano y general, y a un precio alcanzable.
Tomar: por día, litro y medio de agua perfumada a rosas o clorofila, un vaso de leche y copa y media de vino merlot búlgaro. Ocasionalmente una copa de champaña. Comer: preferentemente zanahorias, peras, kiwi, espinacas y apio; muslos de pollo, spaghetti con pesto. En grandes ocasiones, pastel de manzana. Y "uno de esos productos para adelgazar, siempre diferentes y generalmente inútiles".
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