Sandra tiene doce años, pesa casi setenta kilos
(cerca de 140 lbs.) y usa ropa de mayor talla que su madre. Su menú
cotidiano incluye un mínimo de seis bebidas gaseosas e infinidad de dulces y
productos de repostería industrial. En la mesa sólo come bien si hay pasta o
arroz, o platos fritos. Rechaza las verduras y las frutas. Sus niveles de
colesterol y glucosa son alarmantes.
Su caso es un ejemplo extremo de lo que indican las últimas investigaciones:
a la dieta de una alta proporción de niños y adolescentes, le faltan
vegetales, frutas, cereales y legumbres, comidas integrales y pescados, y le
sobran calorías, salsas, embutidos, grasas, postres, carnes rojas y dulces,
además de comidas rápidas, preparadas y pre-cocinadas.
Este desequilibrio dietético se traduce en un déficit de fibra, vitaminas,
minerales, aminoácidos y otras sustancias nutritivas esenciales, y una
demasía de compuestos, como sodio, colesterol, en grasas saturadas,
sustancias artificiales y conservantes, que en exceso perjudican la salud.
Ello hace que los niños y adolescentes sufran más problemas de sobrepeso,
anemia y diabetes tipo 2 y corran más riesgo de padecer con el paso de los
años desde anorexia, hipertensión arterial, enfermedades cardiovasculares e
infarto, e incluso dolencias como el cáncer, Alzheimer, cataratas u
osteoporosis.
Los médicos nutricionistas Esther de la Paz y Gregorio Mariscal Bueno dan
una serie de claves para enseñar a los pequeños y jóvenes a comer mejor,
ahora y por toda la vida:
1. Predica con el ejemplo. Según los estudios médicos, en seis meses, hasta
el niño más desordenado en sus comidas puede rectificar sus costumbres
alimenticias para siempre, pero el mayor esfuerzo para que los pequeños
coman bien recae en los padres. Los niños están pendientes de todo lo que
hacen los adultos: si éstos no se alimentan bien, es muy difícil que
consigan que sus hijos aprendan a comer bien.
2. Atención en todas partes. No basta con asegurarse de que la alimentación
diaria de los hijos cubra todas sus necesidades de forma equilibrada,
completa y variada, cuando comen en casa. También hay que controlar lo que
comen en los restaurantes, donde conviene comer utilizando un menú,
eligiendo los platos más saludables, y el colegio, ya que los menús del
comedor escolar suelen abusar de las harinas y las grasas.
3. Hazlos participar. Los niños que participan en la preparación de la
comida, hacen la compra con sus padres, y al aprender a reconocer y
manipular los alimentos están más dispuestos a probar nuevos sabores, lo
cual contribuye a inculcarles el concepto de una dieta variada, que incluya
todos los grupos alimenticios. Conviene implicar al niño en el proceso de
cambio de dieta y hacerle entender que es una cuestión de salud, lo cual
fomenta su responsabilidad en la elección de lo que comen.
4. Negocia en la mesa. Un menú siempre impuesto no va a conseguir que el
pequeño llegue a apreciar algunos platos 'poco apetecibles pero necesarios'
y sólo ocasiona su rechazo. Lo mejor es proponer varias opciones y llegar a
un consenso familiar, para preparar recetas saludables e imaginativas, que
combinen un adecuado aporte de nutrientes y sabor.
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5. Acompáñalos en la mesa. Los niños que comen con sus padres toman menos
grasas saturadas y azúcares, y más verduras, frutas y pescado, que los que
se alimentan solos. Alimentarse en un entorno familiar positivo fomenta la
buena digestión y enseña a disfrutar del momento; si en casa cada uno come
por su cuenta, eso da a los pequeños una sensación de desorden que les crea
ansiedad. Hay que dar importancia a las horas de la comida para que los
niños aprendan valorarlas y no se las salten nunca.
6. Prohibido, prohibir. Desterrar los dulces, los bollos, caramelos,
aperitivos y postres es una política equivocada porque estimula el deseo de
comer. Lo ideal es reducir la dosis, y calmar el ansia infantil de comer con
tentempiés sanos, como yogures, frutas, cereales con leche, un sándwich de
vegetales con pan integral. La clave es comer de todo, con moderación. Todo
es cuestión de medida: comer hamburguesas ocasionalmente no es malo; el
peligro es que se adopta como un hábito alimentario.
7. No uses la comida como recurso. Hay que evitar utilizar la comida como
premio o castigo: mandar a un niño a la cama sin cenar le crea ansiedad por
la comida y una relación confusa con la alimentación; y premiarle con dulces
le hace pensar que esos alimentos son más valiosos y deseables.
8. Divide para conquistar. En lugar de concentrar el aporte nutritivo en las
tres comidas grandes habituales, conviene repartir la alimentación en cinco
comidas, intercalando un tentempié a media mañana y una merienda a media
tarde, entre desayuno, almuerzo y cena. Ello redunda en un aporte de energía
continuado al organismo y evita que pase mucho tiempo entre una comida y
otra y surjan punzadas de hambre que lleven al pequeño comer 'cualquier cosa
y sin control'.
9. Un buen desayuno, el primer paso. Desayunar a toda prisa, de forma
desequilibrada e incompleta, es uno de los hábitos más comunes y difíciles
de erradicar, ya que de mayores, seguimos desayunando igual de mal. La
primera comida, al igual que las otras, debe ser variada e incluir alimentos
de distintos grupos: por ejemplo: un vaso de leche o equivalente lácteo, o
sándwich, un jugo o una pieza de fruta, y un tazón de cereales.
Fuente: efe.com Nota: Las páginas se abrirán en una nueva
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