Un día es un ataque de celos. Después llegan las acusaciones y los
insultos. Reconocer que el hombre que una ama puede ser capaz de lastimar no es
fácil, sobre todo si el problema se produce en la adolescencia, cuando la
personalidad está delineándose. Pero es necesario: un noviazgo violento puede
convertirse en un matrimonio peligroso.
Algunos indicios sirven de advertencia. “¿Sentís miedo a sus reacciones? ¿Te
animás a decirle lo que pensás? ¿Te acusa de estar, salir o coquetear con otros
hombres?” Son algunas de las preguntas que proponen las mujeres que pasaron por
el problema para hacer una especie de test que permita entender lo que pasa.
La propuesta forma parte de un folleto de la Dirección General de la Mujer de la
ciudad de Buenos Aires que, desde hace poco tiempo, se reparte en escuelas e
instituciones públicas, y que incluye otras preguntas: “¿Aunque sea una vez te
empujó, te retorció el brazo o te pegó? ¿Te desvaloriza, te insulta, te
descalifica? ¿Te obliga a hacer cosas que no querés? ¿Te dice que tus amigas o
familiares ‘te llenan la cabeza’ contra él?”.
Las respuestas actúan como un disparador para que las chicas se den cuenta de
que su relación tiene rasgos violentos. Trabajar a tiempo sobre esta
problemática permite frenar el maltrato y prevenir futuras situaciones
peligrosas para los dos integrantes de la pareja. Porque los dos deben
reflexionar y ver qué es lo que los llevó a este estado.
Comprender
Hay diferentes tipos de violencia en las relaciones de pareja: la violencia
emocional, la física y la sexual. “Violencia emocional es todo aquello que tiene
que ver con los insultos, gritos, humillaciones que, en general, en el caso de
los noviazgos violentos, se produce del chico hacia la chica”, explica Verónica
Massolo, una psicóloga que integra el grupo de asistencia del programa Noviazgos
violentos, del Gobierno de la ciudad de Buenos Aires.
“La violencia física comprende desde empujones, tirones de pelo, mordidas,
retorcidas de brazos, hasta el golpe”, continúa. “Y la violencia sexual, que en
el caso de los adolescentes es un tema bastante complejo, aparece en conflictos
tales como que por ahí el novio no respeta los tiempos de la chica o no quiere
cuidarse, y la expone a ella a embarazos no deseados o a situaciones que pueden
ser peligrosas para su salud”.
Laura se dio cuenta de su problema al leer el folleto en una oficina donde había
ido a hacer un trámite. “Si hubiera sabido cómo son estas relaciones, habría
pedido ayuda antes. Pensaba que era natural que fuera tan celoso; pero también
llegaba a empujarme, a tirarme del pelo y a golpearme”.
Decidió llamar a la línea de atención y comenzó el tratamiento después de estar
tres años en pareja.
Se sintió sola, que es típico de estas relaciones. “Cuando yo me peleaba con él,
me quedaba en casa, sola. Yo misma había alejado a mis amigas, porque él era más
importante que nadie en mi vida. Tenía miedo a sus reacciones, porque ante
cualquier situación se enojaba y golpeaba las paredes o los carteles de la
calle. Hasta que llegó a golpearme a mí”.
Según Massolo, otro indicador es la crítica continua por parte del hombre,
incluso delante de otras personas, hacia lo que su pareja dice o hace, y los
celos, que llegan a establecerse en un grado enfermizo.
Otra característica es la baja autoestima de las chicas. Dicen “pobre él” cuando
ellas pueden estar lastimadas.
“Esto habla de una imposibilidad de reconocimiento de lo que le pasa a ella, de
conectarse con lo que quiere y con lo que no quiere –explica Massolo–. Dejan el
colegio, o si ya lo terminaron y no consiguen trabajo, se quedan en la casa”.
Prevención
Los especialistas afirman que trabajar sobre el tema de los noviazgos violentos
permite resolver el problema a futuro: evitar un matrimonio y una familia
violenta.
Massolo afirma que a veces una chica que es víctima de un novio violento sufrió
o fue testigo de la violencia en su infancia. Y lo mismo pasa con el novio que
maltrata.
El caso de Fabiana es muy gráfico. Cuando tenía 25 años, formó un matrimonio con
su novio, quien una semana antes del casamiento comenzó a demostrar su carácter
violento. Ella sabía que la familia del chico tenía antecedentes de violencia,
pero la relación fluyó sin mayores inconvenientes hasta que los insultos se
hicieron comunes y fue víctima de diferentes formas de agresión.
“Me casé pensando que él iba a cambiar, y fue peor”, afirma Fabiana. Aunque ella
recurrió a la ayuda psicológica, no pudo resolver la situación porque él se
negaba a recibir asistencia. Estuvo un año y medio casada hasta que la pérdida
de dos embarazos y una herida profunda la hicieron tomar la decisión de
divorciarse.
Pero las dificultades para ver el problema son importantes. Susana es médica
pediatra y está en contacto con casos de maltrato, pero cuando le tocó vivir una
experiencia violenta en su pareja no le resultó fácil actuar. Mantuvo un
noviazgo de un año en el cual durante los primeros ocho meses la relación
transcurrió de manera “normal”. Lo único que le llamaba la atención eran los
celos frecuentes de su pareja. Cuando estaban a punto de casarse comenzó a notar
su personalidad agresiva.
“Primero había sospechas infundadas –cuenta Susana– desde ‘¿qué hacés?’, ‘¿dónde
vas?’, ‘¿de dónde venís?’, hasta la acusación puntual de infidelidad. Cuando yo
le respondía que no le había sido infiel, me decía que le estaba mintiendo y me
pegaba.
Siempre fueron agresiones en la cara, cachetazos, y una sola vez, la última
agresión fuerte, con un cinturón, que me dejó hematomas en las piernas”.
Fue difícil tomar conciencia de la situación. “Yo no lo veía porque estaba
enamorada y siempre minimizás lo que estás viviendo –reflexiona Susana–. Pero
después cortamos porque eso no daba para más”.
Tener claro qué es lo que uno quiere para su vida y lo que espera de una pareja
y entender que un noviazgo es el principio de una historia son aspectos clave
para que el amor no traiga sufrimiento.
.