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El impulso sexual es algo que existe desde que el ser humano nace. Y se
mantiene activo hasta que muere, a poca salud que tenga. Otra cosa bien
distinta es su vía de expresión, que cambia en función de factores internos
y externos.
En la infancia, dicho impulso se manifiesta básicamente bajo la forma de una
viva curiosidad por las cuestiones relacionadas con el sexo y con el otro
sexo, y por la experimentación con las propias sensaciones corporales. De
hecho, en la mayoría de las personas la primera experiencia netamente sexual
se produce mediante masturbación.
La "primera vez"
Existen factores biológicos y sociales que impulsan hacia la mayor
precocidad de la “primera vez”.
Los biológicos son las altas tasas de testosterona en las chicas. Está
comprobado que las que tienen concentraciones más altas de esta hormona se
inician en el coito antes que las que las tienen más bajas. La testosterona
está directamente relacionada en la mujer con el impulso sexual; comienza a
segregarse con mayor abundancia durante la adolescencia, por lo que a esa
edad se incrementa el apetito sexual hasta límites en ocasiones muy
elevados. Y eso mueve a la chica hacia los chicos.
Los factores sociales son: la presión del grupo para ver quién llega antes a
la vida adulta (interpretado aquí, equívocamente, como practicar el coito),
y la presión interna que siente la chica sobre quitarse de en medio cuanto
antes el estigma de la virginidad, y el incordio del himen intacto. Es así.
El factor antagónico que intenta refrenar la precocidad de la “primera vez”
procede del mundo adulto y de la religión.
Los adultos intentan con ello evitar las enfermedades de transmisión sexual
y los embarazos precoces, que están en aumento entre las adolescentes a
pesar de las campañas supuestamente preventivas. E intentan evitarlos por
dos razones: porque inducen abortos en una de cada tres de las adolescentes
embarazadas españolas, que no es plato de gusto para nadie; o, si se lleva
adelante el embarazo, porque un hijo a esas edades condiciona profundamente
la vida futura de la madre adolescente (se estima que la joven en tales
circunstancias escribe en ese mismo momento el 95% de su biografía).
La religión lo hace por motivos exclusivamente ideológicos. Reservar las
relaciones sexuales al ámbito del matrimonio y a la función procreadora, y
considera que tales cosas requieren de una responsabilidad e independencia
psicológica y económica que sólo tienen los adultos. Por tanto, las
relaciones sexuales han de posponerse hasta que se reúnan esas condiciones.
Derecho y libertad
Esos son lo hechos. Pero la pregunta sigue en pie: ¿para cuándo la primera
relación sexual? Los derechos humanos y el principio de la libertad
individual dejan la decisión en manos del individuo. Éste debe ejercer sus
derechos y ejercitar su libertad siempre que no atente contra los de los
demás. Y ha de hacerlo con responsabilidad, sin escuchar cantos de sirenas
que le hagan embarrancar.
Por muy bien intencionados que sean, no se puede atender a las presiones
sociales para actuar en un sentido u otro. Y presión es tanto que te digan
que no lo hagas, como que te digan: hazlo ya; sean cuales sean los
argumentos que se esgriman para convencernos de ello. En el exterior se debe
buscar la información necesaria para saber tomar decisiones fundamentadas.
Pero las motivaciones que nos lleven a la primera vez deben ser internas,
nuestras.
Tener relaciones sexuales porque está de moda, porque nos las piden, para
perder la virginidad, o cualquier otra razón, no son motivos suficientes.
Evitar las relaciones sexuales por lo que puedan decir de cada cual, porque
nos digan que hay que actuar así, por que está mal hacerlo, por temor a que
duela, tampoco son razones suficientes para ello.
Habrás de saber si quieres sexo sin más o sexo en el contexto de un
encuentro emocionalmente comprometido
Que el cuerpo nos pida hacerlo es algo digno de tenerse en cuenta, según las
circunstancias en las que nos encontremos. Si tenemos una persona con la que
tengamos alguna clase de relación emocional, también lo es. Si esa persona
también lo desea, es razón de más para pensárselo. Habrás de saber lo que
realmente quieres y lo que vas a obtener: sexo sin más o sexo en el contexto
de un encuentro emocionalmente comprometido por ambas partes. Teniendo todo
esto en cuenta, la edad no es un factor tan importante, porque tales
condiciones pueden venir en momentos diferentes para cada uno. Es como el
crecimiento: cada cual lo hace a su propia velocidad, sin tener en cuenta la
de los otros. Por eso no hay una edad para la primera vez. Cuando se den
esas condiciones será tu momento; no el de tus amigas: el tuyo.
Todo lo demás sobra
En eso consiste “estar preparados”. En saber que tales circunstancias se
están dando de verdad. Pero hay que evitar enfermedades y embarazos
indeseados. Hay que evitar forzar las cosas (hacerlo con la primera persona
que se nos cruce, por ejemplo, en cualquier sitio, sin deseos reales,
engañando o forzando a hacerlo al otro), porque nos dejará un regusto frío y
deslustrado de la experiencia.
En eso consiste ser responsables. Hay que evitar falsas perspectivas: con
frecuencia la primera vez no es maravillosa, sino torpe y desaliñada, sobre
todo si lo hacemos con miedo. Pero si nos lo tomamos con humor y ambos nos
interesamos en aprender, no pasa nada. Nadie nace enseñado. Y esto reza
tanto para las chicas como para los chicos.
El interés por las personas del otro sexo (o el propio en caso de
homosexualidad) crece conforme se aproxima la pubertad, bajo el empuje
determinante de las hormonas sexuales, que comienza a correr desbocadas por
el torrente sanguíneo. Y es entonces cuando las fantasías aparecen durante
la masturbación y el impulso sexual propiamente dicho, que hasta entonces
estaba recluido en la misma persona, comienza a proyectarse hacia el otro y
a desearse compartirlo con ese otro. El deseo de tener “novio” (“novios”,
más bien) es muy temprano, y la curiosidad sexual hacia él también (aunque
no se manifieste expresamente: a veces se trata de simples juegos “tontos”,
y otras veces de escarceos claramente eróticos).
Por eso, el inicio en el intercambio de caricias sexuales es también muy
temprano: la mitad de las mujeres recuerdan haber practicado juegos sexuales
en edades previas a los 13 años; y el número va en aumento cada década que
pasa. Sólo las circunstancias sociales favorecen o reprimen que dicho
interés se materialice en una relación sexual propiamente dicha o, más
concretamente aún, en el coito. La edad del primer coito disminuye cada vez
más, encontrándose actualmente en un promedio que se sitúa entre los 16 y 17
años de edad. Los promedios son eso: medias; eso significa que hay chicas
que comienzan bastante antes de esa edad, y otras que lo hacen después.