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Pleitos que fortalecen 
Las diferencias de opinión y los conflictos son elementos inevitables en la pareja. Sácales provecho.
Fuente: www.soloellas.com


 

 
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La clave está en aprender al arte de discutir, sin lastimar y aceptar que las diferencias hacen más interesante la relación.

Si te pones a pensar en los muchos factores negativos que intervienen en un matrimonio, resulta en verdad asombroso que tantas uniones subsistan.

Sexos diferentes, educación y experiencias distintas, costumbres familiares variadas... son algunas de las muchísimas razones por las que los conflictos conyugales son inevitables.
Sin embargo, por muy frecuentes y hasta profundos que sean, éstos no tienen por qué dañar el matrimonio. En realidad, todos los conflictos bien resueltos van fortaleciendo la relación, en lugar de debilitarla. La clave está en saber manejarlos correctamente.

ACEPTEN LAS DIFERENCIAS
En ambos sexos hay ideas preconcebidas que son difíciles de erradicar porque en ellas hay un cierto fondo de razón.
Por ejemplo, los hombres suelen exclamar con exasperación: “¿Quién diablos entiende a las mujeres?”
Y es frecuente que las mujeres nos preguntemos: “¿Por qué son tan testarudos los hombres?”
Si los cónyuges conocen la verdad sobre el sexo opuesto y la aceptan como una realidad de la vida, estas protestas se irán haciendo menos frecuentes y menos destructivas, porque ambos se comprenderán mejor.
Y la verdad es que hay diferencias radicales e inevitables en ambos sexos.

Por ejemplo, los hombres parecen testarudos porque a ellos les cuesta más trabajo que a las mujeres ceder terreno o reconocer que están equivocados.

Las mujeres resultamos incomprensibles para los hombres porque somos más flexibles que ellos. Estamos siempre más dispuestas que ellos a tratar de ver un punto de vista diferente y opuesto.

En esta diferencia hay una trampa que todas las parejas deben evitar. Si la mujer, por flexibilidad -no por debilidad o falta de consistencia como piensan muchos hombres- cede siempre a la testarudez del hombre, empezará a sentirse resentida hacia su marido y, tarde o temprano, ese resentimiento se traducirá en hostilidad hacia él.

LAS COSAS QUE JAMÁS DEBEN DECIRSE A LA PAREJA


“Lo que pasa es que eres igualito a tu padre (o igualita a tu madre, según el caso)”.

“¿Por qué no piensas ni actúas con lógica o con inteligencia?”.

“Tú siempre te ingenias para estar en contra mía”.

“No eres capaz de hacer una sola cosa bien, en tu vida”.

“¿Por qué siempre me humillas ante los demás?”.

“No he conocido peor familia que la tuya”.

“Eres un tonto, ignorante, inútil, irresponsable (y otros adjetivos similares, en femenino o masculino, según el caso)”.

“Nunca debí haberme casado contigo”.

“Estás acomplejado (o acomplejada) porque vienes de una familia más humilde que la mía”.

“Yo sería muy feliz si tu no existieras”.

EL ARTE DE DISCUTIR SIN LASTIMAR
Los insultos, los gritos, los reproches... son golpes bajos en el matrimonio.
La mujer, por ser más sensitiva y más fuerte (aunque no lo creas, el ego del hombre es la cosa más vulnerable del mundo), es quien debe poner el estilo en las discusiones. Estas deben ser siempre:

Oportunas: Se debe escoger un momento tranquilo y un ambiente de total intimidad, para tratar de resolver problemas o dirimir diferencias.

Serenas: Se debe hablar en voz suave. Ambos cónyuges deben tener la misma oportunidad de hablar y ambos deben escuchar atentamente mientras el otro expone su punto de vista. No debe haber interrupciones y los dos deben mostrarse respeto en todo momento.

Concretas: No traten de resolver todos sus problemas en una sola sesión. Limítense a uno o dos problemas y traten de llegar a soluciones prácticas y concretas, que tengan alguna aportación de ambos, no de uno solo. Lo ideal es sellar siempre estas discusiones con un beso y el compromiso íntimo de cumplir las promesas hechas.
La solución, que es la misma que aplica a otros problemas, es una buena comunicación. Si la pareja habla en forma tranquila y objetiva de sus diferencias y de cómo conciliarlas, encontrarán soluciones que dejen satisfechos a ambos.
Y si tú, como mujer, te muestras bien dispuesta a escuchar el punto de vista de él, y a tratar de aceptarlo en lo posible, tu marido no tendrá más remedio que hacer algo semejante.

NO ESPEREN QUE LES ADIVINEN EL PENSAMIENTO
Muchas personas, tanto hombres como mujeres, esperan que su pareja sea adivina o posea una bola de cristal. Su filosofía es: “Si realmente me quiere, debe saber qué me gusta, qué espero de ella, qué quiero que haga y cómo...”
Esto, por supuesto, es totalmente absurdo.
Si el marido o la mujer se sienten frustrados y decepcionados porque el otro no está haciendo las cosas como él o ella quieren, callar su inconformidad se convierte en una bomba de tiempo que puede estallar en cualquier momento y por cualquier razón, que puede no estar relacionada con el problema de la “adivinación” imposible.
Ambos deben aprender a dialogar, a comunicarse, a decir con claridad, sin insultos ni ofensas, lo que quieren del otro... lo que esperan del matrimonio y de su vida en común, en todos los aspectos.
Ambos deben decir al otro lo que esperan de él, si en verdad desean recibirlo.





 

 

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