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La clave está en aprender al arte de discutir, sin lastimar y aceptar que las
diferencias hacen más interesante la relación.
Si te pones a pensar en los muchos factores negativos que intervienen en un
matrimonio, resulta en verdad asombroso que tantas uniones subsistan.
Sexos diferentes, educación y experiencias distintas, costumbres familiares
variadas... son algunas de las muchísimas razones por las que los conflictos
conyugales son inevitables.
Sin embargo, por muy frecuentes y hasta profundos que sean, éstos no tienen por
qué dañar el matrimonio. En realidad, todos los conflictos bien resueltos van
fortaleciendo la relación, en lugar de debilitarla. La clave está en saber
manejarlos correctamente.
ACEPTEN LAS DIFERENCIAS
En ambos sexos hay ideas preconcebidas que son difíciles de erradicar porque
en ellas hay un cierto fondo de razón.
Por ejemplo, los hombres suelen exclamar con exasperación: “¿Quién diablos
entiende a las mujeres?”
Y es frecuente que las mujeres nos preguntemos: “¿Por qué son tan testarudos los
hombres?”
Si los cónyuges conocen la verdad sobre el sexo opuesto y la aceptan como una
realidad de la vida, estas protestas se irán haciendo menos frecuentes y menos
destructivas, porque ambos se comprenderán mejor.
Y la verdad es que hay diferencias radicales e inevitables en ambos sexos.
Por ejemplo, los hombres parecen testarudos porque a ellos les cuesta más
trabajo que a las mujeres ceder terreno o reconocer que están equivocados.
Las mujeres resultamos incomprensibles para los hombres porque somos más
flexibles que ellos. Estamos siempre más dispuestas que ellos a tratar de ver un
punto de vista diferente y opuesto.
En esta diferencia hay una trampa que todas las parejas deben evitar. Si la
mujer, por flexibilidad -no por debilidad o falta de consistencia como piensan
muchos hombres- cede siempre a la testarudez del hombre, empezará a sentirse
resentida hacia su marido y, tarde o temprano, ese resentimiento se traducirá en
hostilidad hacia él.
LAS COSAS QUE JAMÁS DEBEN DECIRSE A LA PAREJA
“Lo que pasa es que eres igualito a tu padre (o igualita a tu madre, según el
caso)”.
“¿Por qué no piensas ni actúas con lógica o con inteligencia?”.
“Tú siempre te ingenias para estar en contra mía”.
“No eres capaz de hacer una sola cosa bien, en tu vida”.
“¿Por qué siempre me humillas ante los demás?”.
“No he conocido peor familia que la tuya”.
“Eres un tonto, ignorante, inútil, irresponsable (y otros adjetivos similares,
en femenino o masculino, según el caso)”.
“Nunca debí haberme casado contigo”.
“Estás acomplejado (o acomplejada) porque vienes de una familia más humilde que
la mía”.
“Yo sería muy feliz si tu no existieras”.
EL ARTE DE DISCUTIR SIN LASTIMAR
Los insultos, los gritos, los reproches... son golpes bajos en el matrimonio.
La mujer, por ser más sensitiva y más fuerte (aunque no lo creas, el ego del
hombre es la cosa más vulnerable del mundo), es quien debe poner el estilo en
las discusiones. Estas deben ser siempre:
Oportunas: Se debe escoger un momento tranquilo y un ambiente de total
intimidad, para tratar de resolver problemas o dirimir diferencias.
Serenas: Se debe hablar en voz suave. Ambos cónyuges deben tener la misma
oportunidad de hablar y ambos deben escuchar atentamente mientras el otro expone
su punto de vista. No debe haber interrupciones y los dos deben mostrarse
respeto en todo momento.
Concretas: No traten de resolver todos sus problemas en una sola sesión.
Limítense a uno o dos problemas y traten de llegar a soluciones prácticas y
concretas, que tengan alguna aportación de ambos, no de uno solo. Lo ideal es
sellar siempre estas discusiones con un beso y el compromiso íntimo de cumplir
las promesas hechas.
La solución, que es la misma que aplica a otros problemas, es una buena
comunicación. Si la pareja habla en forma tranquila y objetiva de sus
diferencias y de cómo conciliarlas, encontrarán soluciones que dejen satisfechos
a ambos.
Y si tú, como mujer, te muestras bien dispuesta a escuchar el punto de vista de
él, y a tratar de aceptarlo en lo posible, tu marido no tendrá más remedio que
hacer algo semejante.
NO ESPEREN QUE LES ADIVINEN EL PENSAMIENTO
Muchas personas, tanto hombres como mujeres, esperan que su pareja sea adivina o
posea una bola de cristal. Su filosofía es: “Si realmente me quiere, debe saber
qué me gusta, qué espero de ella, qué quiero que haga y cómo...”
Esto, por supuesto, es totalmente absurdo.
Si el marido o la mujer se sienten frustrados y decepcionados porque el otro no
está haciendo las cosas como él o ella quieren, callar su inconformidad se
convierte en una bomba de tiempo que puede estallar en cualquier momento y por
cualquier razón, que puede no estar relacionada con el problema de la
“adivinación” imposible.
Ambos deben aprender a dialogar, a comunicarse, a decir con claridad, sin
insultos ni ofensas, lo que quieren del otro... lo que esperan del matrimonio y
de su vida en común, en todos los aspectos.
Ambos deben decir al otro lo que esperan de él, si en verdad desean recibirlo.