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Un reto que muchas veces implica una dura tarea sin, a veces, contar con
el apoyo de los demás.
En la actualidad, las separaciones son cada vez más frecuentes y hombres y
mujeres tienden a vivir solos y tener su propia independencia, pero, sobre
todo las mujeres, cuando llegan a pasar los treinta se plantean su futuro de
forma que, aun sin pareja, puedan tener una familia. La decisión es
importante, pero vale la pena el sacrificio.
La mayor parte de estas mujeres que enfrentan solas esta situación tienen un
trabajo renumerado y una estabilidad emocional que les permite afrontar la
soledad y el esfuerzo de tener que criar y educar a un niño. De lo
contrario, la tarea cotidiana de tener un bebé se convertirá en una
verdadera odisea.
Sin embargo, no solo la disposición personal de ser madre soltera solventa
los problemas que conlleva, también la propia sociedad se encarga muchas
veces de aportar más carga a esta situación y la discriminación puede surgir
por motivos religiosos o sociales.
Existen sociedades en las que este tipo de distinciones entre hijos
legítimos o naturales no existen como son las polinesias o las malayas
indígenas, donde el acto sexual no está unido al acto de procreación y la
familia es considerada como un entorno social, en el que todos participan.
La rémora de un pasado
Antiguamente, entre el pueblo de Israel era muy mal visto que una mujer
fuera la cabeza de familia, aunque ésta fuera viuda. En todos los casos era
el hijo mayor el que tenía que hacerse cargo de la mujer y de los hermanos,
en el caso de que los hubiera, y procurar la manutención económica de todos
ellos. El hijo de una mujer que no hubiera estado casada era considerado
bastardo y se les marginaba de toda actividad religiosa o social de la vida,
por ser considerados fruto de la fornicación.
Como rémora de esta actitud quedó en las sociedades cristianas la idea de
atribuir a la madre soltera la condición de prostituta, y hasta no hace
mucho tiempo era marginada y relegada a las tareas más indeseables de la
sociedad. Sus hijos han sido también tratados de bastardos, con lo que eran
estigmatizados de por vida.
La mujer que decidía por su propia voluntad tener un hijo o quedaba
embarazada por un hombre, fuera por violación o por consentimiento, sufría
las maledicencias de su entorno, la marginación y la humillación, por lo que
muchas de ellas se vieron obligadas a abortar en condiciones penosas y muy
peligrosas.
Solo a partir del siglo XX, la condición de la mujer comenzó a cambiar
drásticamente y con ella la situación de la madre soltera. La entrada de la
mujer en el mundo laboral generó una catarsis en la mentalidad de la
sociedad y en la suya propia, con lo que comenzó a sentir que ella también
podía ser libre y tomar sus propias decisiones sin tener que estar ligada a
un hombre.
Esta nueva situación de la mujer ha procurado muchos cambios, entre ellos en
la familia, pues ellas ya no sienten temor a liderar un hogar y mantenerlo
solas. Esta es una de las causas por las que en la actualidad se haya
incrementado en un elevado número los divorcios y, también, por lo que
aumenta notablemente el número de mujeres que viven independientes.
Una dura y solitaria labor
Ser madre sin tener pareja es en nuestros días una decisión que toman
voluntariamente muchas mujeres que no quieren esperar a tener un hombre en
casa para dar vida a un hijo. Pero, la mujer que opta por esta vía ha de
tener en cuenta que no le será fácil y que las cargas no solo serán
económicas sino también recaerán sobre las tareas de su crianza y educación.
Al asumir en solitario las funciones parentales, las tareas domésticas,
responsabilidades en la educación y, además, llevar el peso de ser la única
fuente de ingresos suponen una sobrecarga difícil de llevar que condena
inevitablemente a esa mujer a la ausencia de vida personal y social, por lo
que muchas veces, las depresiones hacen su aparición.
Debido a la ausencia de esa dedicación al entorno, estas mujeres suelen
sentir el abandono y la soledad, unido al hecho de que se suele percibir
como impensable la posibilidad de encontrar a un hombre con el que compartir
la familia y rehacer la vida afectiva.
Si la madre soltera o sin pareja es joven e inmadura, suele ser la familia
la que toma las riendas de su vida imponiendo las normas. Ante esta
situación la joven madre pierde completamente su independencia y se ve atada
no solo a su hijo sino también a la familia de origen. Bajo estas
circunstancias, se suele sumar la carencia de experiencia en la vida y la
falta de estudios o preparación , con la que la búsqueda de trabajo para
conseguir su independencia será más dura.
Queda mucho por allanar el camino de las mujeres que deciden por si mismas
formar una familia sin tener que depender de nadie, pero la experiencia de
valerse por si mismas y decidir dar vida un hijo bien merece el reto.