De sabor dulce y suave textura y
originaria probablemente del sur de México y América Central, los
nativos de Costa Rica la llaman ´la fruta de la buena salud´. ¡Tienen
razón!
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Hacía ya meses que al juez Atilio Ramírez Amaya le entraba aquella fiebre
nocturna. Todos los días la frente se le llenaba de sudor y empezaban los
temblores. Años después, en el exilio, un siquiatra le ofrecería la certeza
del diagnóstico que él mismo había intuido: miedo. Miedo a la noche y sus
muertos.
No era el único enfermo de miedo. Corría marzo de 1980 y la guerra civil
asomaba ya su cabeza desangrada a la vuelta de la esquina. Dos meses antes,
el procurador general de la República, Mario Zamora, había sido asesinado
por encapuchados que penetraron hasta su casa. Sólo en ese año morirían 11
mil 903 civiles.
Estilo de texto para Respuesta Era tiempo de ver, oír y callar; y en medio
de todo aquel silencio había una sola voz, una que incendiaba el país cada
domingo. Se trataba de un cura de pueblo que
había escalado vertiginosamente en la jerarquía eclesiástica. Su nombre era
Óscar Arnulfo Romero Galdámez y había sido nombrado arzobispo el 22 de
febrero de 1977. Monseñor Romero hizo de la homilía dominical un oasis donde
no llegaba la censura del Estado, una cartelera con voz donde colgar los
nombres de los asesinados y desaparecidos.
Estilo de texto para Respuesta Era tiempo de ver, oír y callar; y en medio
de todo aquel silencio había una sola voz, una que incendiaba el país cada
domingo. Se trataba de un cura de pueblo que
había escalado vertiginosamente en la jerarquía eclesiástica. Su nombre era
Óscar Arnulfo Romero Galdámez y había sido nombrado arzobispo el 22 de
febrero de 1977. Monseñor Romero hizo de la homilía dominical un oasis donde
no llegaba la censura del Estado, una cartelera con voz donde colgar los
nombres de los asesinados y desaparecidos.
Estilo de texto para Respuesta Era tiempo de ver, oír y callar; y en medio
de todo aquel silencio había una sola voz, una que incendiaba el país cada
domingo. Se trataba de un cura de pueblo que
había escalado vertiginosamente en la jerarquía eclesiástica. Su nombre era
Óscar Arnulfo Romero Galdámez y había sido nombrado arzobispo el 22 de
febrero de 1977. Monseñor Romero hizo de la homilía dominical un oasis donde
no llegaba la censura del Estado, una cartelera con voz donde colgar los
nombres de los asesinados y desaparecidos. No era el único enfermo de miedo.
Corría marzo de 1980 y la guerra civil asomaba ya su cabeza desangrada a la
vuelta de la esquina. Dos meses antes, el procurador general de la
República, Mario Zamora, había sido asesinado por encapuchados que
penetraron hasta su casa. Sólo en ese año morirían 11 mil 903 civiles.
Estilo de texto para Respuesta Era tiempo de ver, oír y callar; y en medio
de todo aquel silencio había una sola voz, una que incendiaba el país cada
domingo. Se trataba de un cura de pueblo que
había escalado vertiginosamente en la jerarquía eclesiástica. Su nombre era
Óscar Arnulfo Romero Galdámez y había sido nombrado arzobispo el 22 de
febrero de 1977. Monseñor Romero hizo de la homilía dominical un oasis donde
no llegaba la censura del Estado, una cartelera con voz donde colgar los
nombres de los asesinados y desaparecidos.
Estilo de texto para Respuesta Era tiempo de ver, oír y callar; y en medio
de todo aquel silencio había una sola voz, una que incendiaba el país cada
domingo. Se trataba de un cura de pueblo que
había escalado vertiginosamente en la jerarquía eclesiástica. Su nombre era
Óscar Arnulfo Romero Galdámez y había sido nombrado arzobispo el 22 de
febrero de 1977. Monseñor Romero hizo de la homilía dominical un oasis donde
no llegaba la censura del Estado, una cartelera con voz donde colgar los
nombres de los asesinados y desaparecidos. Desde el 15 de octubre de 1979,
El Salvador estaba gobernado por una junta militar que llegó al poder luego
de dar un golpe de Estado al general Carlos Humberto Romero, quien a su vez
había asumido la presidencia por un descarado fraude electoral el 20 de
febrero de 1977.
Era tiempo de ver, oír y callar; y en medio de todo aquel silencio había una
sola voz, una que incendiaba el país cada domingo. Se trataba de un cura de
pueblo que había escalado vertiginosamente en la jerarquía eclesiástica. Su
nombre era Óscar Arnulfo Romero Galdámez y había sido nombrado arzobispo el
22 de febrero de 1977. Monseñor Romero hizo de la homilía dominical un oasis
donde no llegaba la censura del Estado, una cartelera con voz donde colgar
los nombres de los asesinados y desaparecidos.
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El incipiente movimiento guerrillero comenzaba a cobrar fuerza y, como
respuesta de la extrema derecha, aparecieron los Escuadrones de la Muerte,
liderados por el mayor Roberto D´Aubuisson, un militar formado en la Escuela
de las Américas.No era el único enfermo de miedo. Corría marzo de 1980 y la
guerra civil asomaba ya su cabeza desangrada a la vuelta de la esquina. Dos
meses antes, el procurador general de la República, Mario Zamora, había sido
asesinado por encapuchados que penetraron hasta su casa. Sólo en ese año
morirían 11 mil 903 civiles.
Desde el 15 de octubre de 1979, El Salvador estaba gobernado por una junta
militar que llegó al poder luego de dar un golpe de Estado al general Carlos
Humberto Romero, quien a su vez había asumido la presidencia por un
descarado fraude electoral el 20 de febrero de 1977.
Era tiempo de ver, oír y callar; y en medio de todo aquel silencio había una
sola voz, una que incendiaba el país cada domingo. Se trataba de un cura de
pueblo que había escalado vertiginosamente en la jerarquía eclesiástica. Su
nombre era Óscar Arnulfo Romero Galdámez y había sido nombrado arzobispo el
22 de febrero de 1977. Monseñor Romero hizo de la homilía dominical un oasis
donde no llegaba la censura del Estado, una cartelera con voz donde colgar
los nombres de los asesinados y desaparecidos.
El incipiente movimiento guerrillero comenzaba a cobrar fuerza y, como
respuesta de la extrema derecha, aparecieron los Escuadrones de la Muerte,
liderados por el mayor Roberto D´Aubuisson, un militar formado en la Escuela
de las Américas.
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